martes, 14 de septiembre de 2021

46-Muerta

 

Muerta

Quiero saber

¿Qué podrás decirme?

¿Quién fue? Todos sabemos,

las mujeres se mueren,

aunque todavía no haya ocurrido.

 

Yo cerraré la puerta

vengan a lavarle la cara

un cuerpo, un olvido.

Su cabeza de batalla muerta

tenía una bala en la nuca.

 

–¿Qué hacían en esa esquina?

el aire contenido de la calle,

parecido al color manchado de la muerte

cubre las úlceras del pecho.

Que se sepa para siempre,

maten a la que piensa,

maten a la que denuncia.

Murió mirando al oeste

 

Muerta.

 

Charlybicen


lunes, 13 de septiembre de 2021

45-Verdad grabada


 Verdad grabada


Ese viernes, los cuatro dispusieron sus horarios, para no perderse la reunión tan particular. Luego de las 21, llegaron al edificio. El portero tenía los nombres de los invitados que Glenda recibiría. 

Todos se conocían desde que habían sido testigos involuntarios del fatal accidente, presenciado al cruzar la esquina de Corrientes y Talcahuano. Un colectivo, al girar, había sido embestido por un imprudente motociclista que cruzó en rojo el semáforo y ni su casco lo salvó de la muerte. Todos quedaron impactados, mientras esperaban la ambulancia, los policías de un patrullero estacionado cerca, se hicieron presentes, tratando de vallar el lugar y tomar nota de los testigos que pudieran aportar lo que vieron. Dentro de las 48 horas, se podían presentar a declarar en la comisaría Nº3, de la calle Tucumán. 

El destino quiso que Glenda Jackson, Griselda Pérez, Gastón Ferretti y Claudio Silvestre (el malabarista de la calle Talcahuano), coincidieran en día y horario para presentarse. Allí se reconocieron y enseguida comenzaron a intercambiar opiniones sobre el accidente. 

Glenda era la única callada y la que se alegró de la coincidencia, aunque no cree en las casualidades sino en las causalidades; ella vende ropa de fiesta en una galería de la Av. Cabildo. Su madre combinó el apellido extranjero de su marido y le puso el nombre de una actriz que admiraba. Tiene 35 años, le encanta conocer gente y cuando se dan las circunstancias, las invita a su casa. 

La espera para declarar se hizo interminable, a medida que conversaban se fueron soltando y allí se enteró de varias cosas sobre Griselda Pérez: que tenía 29 años, que era contadora y estaba divorciada. Ama los gatos y las plantas. No tiene hijos.

A su lado, se había sentado Gastón Ferretti, un apuesto joven de 33 años, corredor de una fábrica de calefones. Vive con sus padres. Las plantas, el ajedrez y las películas XXX son su escape.

Finalmente, en la silla de enfrente, se había sentado Claudio Silvestre que a sus 36 años, sigue disfrutando el ser malabarista en esquinas céntricas de Buenos Aires. Está enamorado de su admiradora secreta.

Fue tal la empatía que Glenda descubrió, que les propuso una pronta reunión informal, en su departamento del barrio de Belgrano, para conocerse, esa noche no se hablaría del accidente, ni sus consecuencias. El más reacio a decidirse pronto fue Gastón, el cuidar a sus padres lo usaba como excusa, más cuando se trataba de reunirse en grupo, pero Griselda lo convenció a salirse de sus rutinas y animarse a más.

Glenda, era la única hija de un ingeniero electrónico que había perfeccionado una máquina de la verdad; luego de quedar huérfana, siguió como aficionada probando el aparato que le resolvía reuniones muy amenas y divertidas con sus variopintos invitados. La máquina detectaba luego de procesar la información, por el efecto que una pregunta hacía en el invitado, una respuesta que traducía en un parlamento robótico. El artilugio solo se reducía a una especie de tensiómetro, una red para el pelo con algunos cables y luces led, a modo de casco, conectado a una pequeña computadora.

El delivery de picadas y bebidas llegó en horario. Luego de las primeras conversaciones informales, Glenda les contó del proyecto que tenía de probar la máquina de la verdad con alguno que se ofreciera. Todos se miraron y Claudio, que había estudiado circo y sabía de pruebas en el espectáculo para entretener al público con sorpresas y trucos, se ofreció sin mucho protocolo.

Con la ayuda de Griselda, Glenda procedió con la instalación, antes de encenderlo, le dijo que le formularía una pregunta de prueba y luego dos más. La luz ambiental era tenue y la tensión de todos iba in crescendo, la red se encendió de un rojo brillante, que asemejaba un manojo de rubíes. Claudio estaba tranquilo, casi disfrutando, cerró los ojos y escuchó la pregunta:

—¿Cuál es tu palabra favorita? —la luz de la red, se apagó un instante y luego comenzó a parpadear, por el altavoz sonó la primera palabra en un tono metálico:

—Amor —se escuchó, aumentando el nerviosismo de todos; acto seguido, las luces de la red comenzaron a parpadear nuevamente y por el altavoz se escucharon más palabras separadas por una interrupción:

—Paz...Tesoro…Confianza —esto sorprendió a todos, pero aún más a Glenda, quien estaba pensando en por qué el altavoz tradujo tres palabras. Confianza, era justo la pensada por ella. Griselda y Gastón, identificados con las otras, no salían de su asombro, pero Claudio ignoraba lo que escucharon todos debido a que el casco se lo impedía, él observaba sus caras y gestos que lo intrigaban. Glenda le señaló la segunda pregunta:

—¿Qué profesión te hubiese gustado tener? —Luego de unos instantes y mucho parpadeo de las luces, se escuchó:

—Crupier Las Vegas… Vivero… Ajedrecista… Ingeniera.

 El malabarista, seguía en su estado de ignorar todo, como si fuera un dulce corderito llevado de una soga por Glenda.

La última pregunta no se hizo esperar:

—¿Qué es lo que te causa más placer? —la luz de la red comenzó el parpadeo, todos se concentraron en el altavoz, y se escuchó:

—Mirada Mariela —se hizo un silencio que se podía oír, y el altavoz continuó con su voz monótona:

—Recuerdo adolescente… Porno… Vestido bailarina —Glenda, fue la primera en decir:

—Acá, está ocurriendo algo maravilloso pero imprevisto… ¿ustedes lo escucharon? Griselda, un poco nerviosa, dijo:

—A esta altura de la reunión, debo decirles que lo que más me causa placer es recordar todavía las relaciones íntimas que tuve en la adolescencia con mi parejita Gabriel.

Gastón agregó:

—Esto no lo hablo con nadie, pero lo que me causa más placer es mirar películas porno.

Glenda cerró el momento confesando que lo que más placer le produce es soñar que, vestida de bailarina, lo hace como su amiga Claudia.

Viendo el estado de nerviosismo general y su imposibilidad de dar muchas explicaciones, La anfitriona decidió terminar el juego. Luego sucedió que, al desconectar la máquina, los cuatro, en un estado de confusión, se sorprendieron al darse cuenta de que no recordaban lo que había pasado desde que Glenda conectó los aparatos. La picada se había consumido y cada uno estaba ensimismado con su pensamiento, una risa nerviosa los atravesó y decidieron retirarse a sus vidas con la promesa de comunicarse a la brevedad.

Glenda, no salía de su asombro ya que estaba tan desconcertada como el resto, ignorando lo sucedido. 

Al retirarse a descansar, descubrió que la videocámara puesta por ella sobre la biblioteca, seguía encendida… 


Charlybicen



lunes, 6 de septiembre de 2021

44-Valió la pena

 

Valió la pena


A Luis lo movilizó leer el libro que le acerqué: El lugar sin límites. Su reacción inicial, fue decirme que las historias de homosexuales, no le interesaban, menos de prostíbulos y menos de lugares baratos y sucios, pero que, por mi invitación accedió a leerlo. Lo comentó como la historia muy dura de Manuela, un travesti homosexual que goza su vida bailando en un prostíbulo de muy baja estopa, en un pueblito perdido y casi deshabitado, queriendo ser feliz, vistiéndose de sevillana, relatando el miedo que tenía hacia personajes despreciables y a su vez la virtud de defender a la víctima, que lo llevó a una tragedia. Me agradeció la deferencia que tuve al facilitarle el libro y me contó su historia personal.

Su relato comenzó a partir del viaje de egresados que realizó junto a sus compañeros del colegio Industrial en 1966 y lo llevaron a tener su primera experiencia de intimidad sexual. En aquellos años, los viajes estaban motivados por el estudio, el conocer el trabajo en grandes empresas y los paisajes que las rodean recorriendo parte del país.

—Por aquel entonces tenía 18 recién cumplidos —Comenzó a relatarme Luis 

—El viaje se originó en Córdoba, donde pudimos visitar las fábricas Fiat, Materfer y Renault. Seguimos con la visita a un ingenio azucarero en Tucumán, donde tuvimos la oportunidad de probar el dulce encerrado en la pulpa de la caña de azúcar. Pasando por la ciudad de Salta, llegamos a San Salvador de Jujuy, al día siguiente visitamos los Altos Hornos Zapla, donde se fabricaba el acero. Por la noche a nuestro alojamiento, nos llegó la invitación de los choferes del micro a visitar algún lugar para divertirnos en las afueras de la ciudad. Sin saber mucho de qué se trataba, pero también para no quedar afuera de la mayoría, igual me pasó en ese viaje con el cigarrillo, accedí a la invitación, junto a unos diez compañeros. El transporte salió de la ruta principal, internándose por calles de tierra, uno de los choferes nos indicó que las luces rojas en algunas de las casas, era la señal para saber que allí se encontraba, lo que veníamos a buscar, casi sin saberlo. Aunque parezca mentira, muchos teníamos pudor de hablar de nuestra intimidad y deseos de forma seria, todo lo reducíamos a chistes baratos sobre sexualidad y hazañas sexuales imaginadas, cuanto más morbosas mejor; pero seriamente muy poco. El micro se detuvo cerca de una de las casas con su luz roja en el porche, bajamos en fila india como estábamos acostumbrados a movernos en la escuela para entrar al aula, nos debíamos quedar fuera de la casa y observamos que dentro en medio de un espacio con luz tenue, se disponían algunas mesas con bebidas, varios hombres sentados junto a mujeres prostitutas, semidesnudas, igual a las que encontrábamos en las revistas que curioseábamos en las horas libres. Pasando entre parejas bailando, el chofer se acercó a la barra para negociar la supuesta diversión, al salir nos dijo que teníamos que pagar algunos pesos, por tener un encuentro sexual con una de las chicas. Así como fuimos llegando en la fila, se fue cumpliendo el turno, lo sorprendente es que todos iríamos con la misma joven señalada. Mi lugar era noveno, con lo cual pasé más de una hora esperando en la vereda, provocando la molestia de sentir la vejiga cargada sobre el cinturón y que aguanté el alivianarla, para no perder el turno. La memoria, aún de las propias situaciones vividas, con los años suele transformarse en una mezcla de sucesos, deseos pasados y muchos detalles que uno olvida o acomoda. Recuerdo eso sí mi falta total, no sólo de experiencia, sino de información válida para llevar a la práctica los chistes, cuentos y relatos, sobre cómo tener una relación sexual con otra persona, sabíamos auto satisfacernos a duras penas. Cuando me tocó el turno —siguió relatando Luis, mientras escondía la mirada—, me dirigí entre esa penumbra sórdida hacia la chica indicada, distinguida entre todas por ser la que recién se sentaba luego de su encuentro con mi compañero anterior. 

Con un: “vení”, me tomó de la mano y llevándome fuera del local, atravesamos una puerta hacia una habitación a oscuras, las ganas de desocupar la vejiga se habían pasado y no recuerdo haber estado excitado, sí mi nerviosismo; no sabía muy bien qué tenía que hacer, no se veía con quién lo iba a hacer, ni dónde. Hasta que la chica encendió una vela, me pidió el dinero ya convenido con el chofer y vi que se quitaba el vestido, nunca el corpiño, se acostó en una cama y me dijo: “¿Te pusiste el cosito?” Supuse que se refería al preservativo, con vergüenza le contesté un pequeño sí. “Entonces ¡vení!” me dijo casi a modo de orden. No sé si era la vejiga cargada, el nerviosismo, la ignorancia, o vaya a saber uno, lo cierto es que no recuerdo haber tenido erección, ni nada aproximado en el momento. La chica comenzó a moverse debajo mío y al instante preguntó:

”¿Ya está querido?” Yo intentaba besarla, que fue el principal impulso que tuve, pero ella me advirtió que eso no quería que pasara, del resto de mi cuerpo, no tenía noticias. Dos o tres veces más insistió: “¿Ya está querido?” Tal vez por su insistencia o verdaderamente porque ya quería salir de ese lugar y esa situación espantosa, le dije que sí; sin analizar lo que había ocurrido, ni por qué servicio había pagado. Entonces, incorporándose me acercó un recipiente con agua y me dijo: “¡Nene! El cosito tiralo aquí y te podés lavar”. Salí hacia la vereda, esperando al último que faltaba y nos reunimos en la esquina junto a otros cuatro que aguardaban, el resto se había vuelto con el micro al hotel. Nosotros debíamos procurarnos transporte para llegar y lo hicimos subiendo todos a un taxi Renault 4, batiendo el récord de pasajeros. Lo que todavía me sorprende, es que nadie comentó su experiencia vivida, ni hablamos nada de lo sucedido.

Cuando leí el libro que me pasaste, reviví casi todas las situaciones y volvió a mí, parte de la repugnancia que me produjeron en aquel momento la prostitución, los prostíbulos y las distintas situaciones patéticas de los personajes de la historia, que seguramente viven siendo víctimas de sus propias limitaciones, deseos e ignorancia.

Como deducirás, jamás volví a pisar un lugar así, nunca más me relacioné con esas señoritas y tampoco me gusta leer estas historias, aunque reconozco lo bien escritas que están, con detalles melodiosos que describen el drama de los personajes y las tragedias a lo largo del relato.

—¡Gracias Luis! Lo que te removió y tus comentarios, me hacen valorar este libro tan sencillo como profundo. Valió la pena que lo hayas leído, por el sólo hecho de escuchar tus vivencias.


Charlybicen.


jueves, 2 de septiembre de 2021

043-Lluvia que limpia

 

Lluvia que limpia

 Cuando llueve salgo de:

la impureza, la envidia,

la idolatría y la superstición,

la violencia, la discordia,

la ambición y el miedo...

 

               Es que con lluvia:

                           confío, pacifico, alegro,

                               enciendo, erotizo y enamoro...

 

                        Y siento que la lluvia:

                         me serena, me suaviza,

                           me alegra y calma,

                         me fortalece, me enciende,

                            me erotiza, me enamora...


Charlybicen

042-Mechita II

Mechita II

 

Cuando se acerca el verano, me gusta salir a la ruta muy temprano, disfruto el amanecer en zonas más despobladas, esperando ver el estallido de verde y oro desde el este, y si hay algún espejo de agua, mejor. Como en general encaro el viaje sin apuro, suelo detenerme en alguna bajada y aguardar las bandadas de garzas blancas y bandurrias, que se acercan. Los zorzales, benteveos y horneros, muchas veces me aturden con su canto de alegría saludando el nuevo día. A veces quedo tan extasiado, que hasta dejo enfriar el mate.

Esta vez tomé la ruta 5 con rumbo a la laguna de Bragado, corazón de la pampa fértil; pasando la localidad de Alberti, los carteles que aparecieron, iluminaron mi recuerdo y sacaron a flote las emociones vividas hace cerca de 30 años, con un increíble personaje que conocí en ese tiempo y quedé conectado luego, solo en forma epistolar. Mechita era la ciudad de la anécdota y Regino Sardiazabal el protagonista, que en su momento se convirtió en un nombre popular, gracias a una carta que expuso a la entrada de la oficina de una empresa constructora y más cuando en un artículo que, gentilmente me publicaron en el diario local, relaté lo sucedido. Al día siguiente Regino, un paisano enfundado en sus botas, el ceño fruncido, la mirada severa, bien afeitado y los bigotes prolijamente recortados, se apersonó en el hotel donde me alojaba, con su sombrero de ala ancha en la mano y su pañuelo anudado al cuello; luego de cruzar unas palabras y aclarar los tantos, me invitó a su casa a matear.

Volviendo al viaje, sentí la necesidad de pasar por Mechita y visitar a mi amigo Regino. hacía más de un año que no nos escribíamos y la emoción fue grande al vernos; cuando él me preguntó sobre lo que estaba escribiendo, seguramente se dibujó en mi rostro la idea que tuve desde que pensé en visitarlo y al toque, como rápido que es, me preguntó qué andaba escondiendo bajo el poncho con esa cara de ingeniero de la Nasa; por supuesto que solté la carcajada y a su pedido de desembuchar, desembuché. ¡Mirá Regino! (porque ahora nos tuteamos), estoy escribiendo a través de unas preguntas que le formulo a distintas personas que fui conociendo en mi vida y me gustaría que me honres en acceder al cuestionario. A lo que me respondió que estaría encantado en participar, me pidió un momento para volver a ensillar el mate que se había lavado, y mientras calentaba el agua, comencé:

 

1. ¿Cuál es tu palabra favorita?

Perdón. Pero no como cosa humillante, sino como liberadora, que nos saca el entripado de alguna discusión.

2. ¿Cuál es la palabra que menos te gusta?

Provocación. Suele ocurrir todavía, cuando voy al boliche, que algunos paisanos pasados de ginebra, buscan cualquier excusa para iniciar una pelea, pareciera que se sienten culpables de su debilidad por el alcohol y buscan a alguien que los castigue.

3. ¿Qué es lo que más te causa placer?

Trabajar. Ahora que estoy casi jubilado, en la obra dejo de meterme en los trabajos pesados, por la cintura, viste, pero bueno, mal que mal ya hice lo mío.

4. ¿Qué es lo que te desagrada?

Ver la vagancia en muchachos jóvenes, tirados por el pueblo, sin ambiciones ni proyectos, con desgano para cambiar su destino.

5. ¿Cuál es el sonido o ruido que más placer te produce?

La voz de la Jacinta, cuando se acurruca a mi lado y van 40 años.

6. ¿Cuál es el sonido o ruido que te aborrece escuchar?

El rugir de autos y motos a la hora de la siesta o en las madrugadas del viernes y sábado.

7. ¿Cuál es tu grosería favorita?

¡Porca Madonna! que a pesar de que mis padres eran vascos, un amigo de ellos era napolitano y yo la repetía desde niño sin saber su significado, ahora cuando me sale, la Jacinta me retruca ¡Porco Regino!

8. Aparte de tu profesión ¿qué otra profesión te hubiese gustado ejercer?

Camionero. A veces cuando con la patrona nos sentamos a tomar mate bajo la sombra de los álamos de la ruta, todavía jugamos, cuando pasa un camión a que ella me ceba en la cabina.

9. ¿Qué profesión nunca ejercerías?

Chofer de fúnebres. Pero te cuento algo peor que siempre me impresionó, cuando era niño, muchas veces paraba a reabastecerse, un corredor de carreras de Villa Ballester, quién era contratado para abaratar costos, por empresas fúnebres de Buenos Aires, para llevar y traer personas recién fallecidas, atadas en el asiento del acompañante, simulando que estaban vivas.

10. Si el Cielo existe y te encontraras a Dios en la puerta ¿Qué te gustaría que Dios te dijera al llegar?

Regino, bienvenido,  te esperaba porque te resististe varias veces, pero veo que fuiste feliz, te ganaste el cielo.

 

El día avanzaba y no quería pasar la noche en el camino, la despedida fue difícil para todos pues estaban dispuestos a alojarme en su casa como ya lo habían hecho en su corazón y seguí mi ruta con la promesa de pronto regresar.

 Regino, Jacinta, Mechita, nombres que llevo grabados a fuego gracias a la escritura.

 

Charlybicen

 

sábado, 24 de julio de 2021

De los espejos 41

 

De los espejos

 

De los espejos tengo algo que contar, varias de las anécdotas de mi vida están atravesadas por ellos, como la aguja que unía las lentejuelas de los disfraces que hacía mamá. Siempre fui muy coqueta y me gustó verme reflejada.

El cuarto de mis padres tenía un ropero con luna en la puerta central, que nos permitía vernos de cuerpo entero; el espejo no era el original, esa habitación antes había pertenecido a mis abuelos y uno de ellos me contó que su tía desde Añatuya, les había enviado, como regalo de casamiento, un chivo vivo al que llamaron Bartolo. En el patio, vivía Bartolo con total libertad, a la sombra de la parra de uva chinche, alternando su camino entre el piso de ladrillos y el pasto del jardín. Hasta que una tarde, encontró la puerta del ropero abierta y viendo reflejado al que creyó era su macho enemigo, sin piedad y a toda carrera, embistió a su supuesto oponente, se estrelló contra el espejo  y lo hizo añicos. Bartolo quedó un poco desconcertado pero orgulloso de que su enemigo huyera. Del destino de Bartolo no tuve noticias precisas y decidí no preguntar más.

De la misma habitación recuerdo dos cosas muy atractivas: una, la muñeca de porcelana en el centro de la cama; teníamos prohibido tocarla luego de que Carlitos, mi hermano, le hundiera los ojos móviles que cerraba al recostarla; la otra, el espejo de mano con manija, bordes de plata y un nacarado violeta en la parte de atrás, de un juego de tocador en la cómoda puesto sobre una carpetita, tejida en crochet por mi bisabuela.

Ese espejo, que sacaba primero a hurtadillas y luego con el debido consentimiento, reflejaba a la que fue, durante casi toda la escuela primaria, mi amiga invisible, visible, a la que llamé Susy, pues la cara que veía reflejada cuando lo enfrentaba, no era yo, siempre supe que detrás estaba mi amiga. Teníamos discusiones, con puntos de vista completamente opuestos que nos llevaron a pelearnos, por lo que durante mucho tiempo estuvo apoyado en la cómoda sin reflejar nada; hasta que mi mamá, sabia como todas las madres, viéndome cabizbaja y solitaria, se acercó para hablarme de la amistad, pero sobre todo del perdón, resaltando que perdonar es importante para reconocer al otro, pero fundamentalmente es sanador para nosotros. Luego de soplar los mocos, corrí en busca de mi amiga y la encontré como estaba yo, sonriendo y con lágrimas, la acerqué a mi pecho y no nos separamos más.

En ese patio donde vivió el chivo Bartolo, papá instaló un soporte con aro para el loro Oro, un perico muy parlanchín que aprendía rápido. Mi amiga Susy y yo, conversábamos en la hamaca del fondo, donde le contaba lo que sucedía en la escuela, ya que mamá no me permitía llevarla, hasta que cerca del medio día me llamaba para prepararme, al grito de —¡Mirtha vamos!—, con el tiempo descubrí que en los días sin clases, justo a las doce, el loro Oro, nos llamaba igual —¡ Mirrrrtha vamos!— despertándonos risa y asombro a las dos.

Hoy, para cuidarla, está guardada en el cofre donde tengo mis maquillajes, anillos, aros y collares, siempre fue la más coqueta y ahora les cuento ( sin que ella me escuche), desde que me operé las cataratas, la veo más arrugadita... ¡pobre!

Charlybicen


lunes, 3 de mayo de 2021

EL CARASSIUS Y LA HORMIGA: dos fábulas

40

No permitas que la vida te pase por encima sin que la vivas…”

Walt Whitman


Fábula 1

En una caja de vidrio de 60 cm x 30 cm x 40 cm, caben casi 70 l de agua, suficientes para que un carassius, pueda vivir  de 30 a 40 años.

En una caja de ladrillos de 10 m x 20 m x 3,5 m, caben casi 700 m3 de aire, suficientes para que un obrero trabaje todos los días unas 10 horas durante 40 años.

Ninguno protesta, ni se rebela, ni se asfixia, uno nada entre piedras y plantas; el otro camina esquivando mesas y máquinas.

El primero disfruta de cada burbuja del salvador aireador, el otro,  recibe cada quincena su burbuja en dinero, que apenas le permite seguir viviendo.

A la especie acuática la domesticaron los chinos hace unos mil años; al obrero, desde hace mucho tiempo, los intereses creados. Le mostraron las ventajas de la civilización, la necesidad del dinero, la familia y el deber ser, atrapándolo en eso que, le dijeron, era la vida.

Las obligaciones, lo esclavizaron para no dejarle tiempo de pensar. Es imposible que un carasius pueda sobrevivir fuera del agua, igual pasa con el obrero  a quien por razones de edad, lo obligan a salir de su caja de ladrillos, lo premian con una medalla, pero no sabe que hacer fuera de sus rutinas y se asfixia…

Fábula 2

 

Emulando a las hormigas, que mueven cada grano de tierra para hacer su hormiguero; el hombre, todos los días agregaba algún ladrillo más, para darle cobijo a su familia, luego de trabajar en el taller por diez horas.

Siempre sintió el hostigamiento del banco, el corralón, el almacén y hasta de su familia que tanto amaba. Con los años, esa agresión va acumulando suficiente ácido para inocularlos. Su hormiguero creció, pero pocas hormigas lo habitan, el fruto de tanto esfuerzo sólo se ve convertido en un montículo de tierra. Ya nadie lo reconoce, ni preguntan por él, haciéndose una hormiga solitaria, vagando por el mundo a medida que le llega su tibio crepúsculo. La libertad es un tesoro que descubre en soledad, el pasado no lo puede cambiar. Ciego por voluntad, despertó al mundo después de 40 años, ahora siente que las hormigas hembras, cual amazonas modernas, prescinden de los machos, relegándolos a un segundo plano en la familia; tal vez tomándose revancha de tantos siglos en el que fueron sojuzgadas. La soledad, tiene un peso que no soporta. Decide regresar... encontrando tierra rasa en lugar del hormiguero...

 Charlybicen